Un loro no es un periquito grande: años, ruido y papeles
Un gris de Gabón puede vivir lo que tarda un recién nacido en cumplir los cuarenta, grita a un volumen que no cabe en un piso y desde 2017 no se puede vender sin un certificado. Lo que conviene saber antes, y las preguntas que hay que hacerle al vendedor.
Mucha gente llega al loro por la escalera lógica: primero un periquito, luego una ninfa, y como ha ido bien, un loro. El salto parece de tamaño y no lo es. Un loro grande es otro animal, otro nivel de compromiso y, en varias especies, otro régimen legal: hay loros que no se pueden vender sin un certificado y cuya compra sin papeles convierte al comprador en poseedor de un animal ilegal.
Esto no va de desanimar a nadie. Va de que las cuatro cosas que suelen descubrirse tarde se sepan antes.
Primero, el número que lo cambia todo
Un gris de Gabón bien cuidado vive del orden de cuarenta a sesenta años. Un guacamayo grande puede pasar de los cincuenta. Un amazonas anda por ahí. No son casos excepcionales de periódico: es la esperanza de vida normal de esas especies en cautividad cuando se les cuida bien.
Traducido: si compras un loro a los treinta y cinco años, es bastante probable que el animal te sobreviva o que llegues a mayor con él. Por eso en el mundo de los loros se habla con normalidad de algo que en perros y gatos suena raro — quién se queda con el animal después. Merece la pena que esa conversación exista antes de la compra y no en un momento malo, y merece la pena saber que las asociaciones y los centros de rescate de psitácidas están llenos de loros de segunda, tercera y cuarta mano precisamente por esto.
El ruido no es un defecto: es la especie
Un loro grita. No porque esté mal cuidado ni porque le falte algo: porque en su vida silvestre la bandada se llama a distancia, y las llamadas de contacto de amanecer y atardecer son parte de lo que es. Puedes reducir mucho los gritos por aburrimiento; los de la salida y la puesta del sol no se quitan, se asumen.
Y el volumen no es una exageración: en las cacatúas se citan cifras de más de cien decibelios, un nivel comparable al de una obra a pocos metros. En un chalé aislado eso es una anécdota. En un piso con tabique medianero es el motivo por el que muchos loros acaban en adopción, y conviene ser honesto al respecto antes de comprarlo, no cuando el vecino ya ha llamado dos veces.
Dicho de otra forma: la pregunta no es «¿me gustan los loros?», es «¿cabe esto en mi casa, con mis paredes y mis horarios?».
Los papeles, que es la parte que casi nadie mira
Aquí está la diferencia legal más importante con un periquito, y es fácil de entender si se cogen las dos categorías por separado.
El comercio internacional de especies amenazadas se regula por CITES, que en la Unión Europea se aplica a través de un reglamento con varios anexos. Para lo que nos ocupa, mandan dos:
- Anexo B. Ahí están muchos loros habituales. Su venta es legal, pero el vendedor tiene que poder acreditar el origen legal del animal y darte la documentación correspondiente.
- Anexo A. Es el nivel más estricto, y aquí el uso comercial —vender, comprar, exponer con ánimo de lucro— está prohibido salvo que el ejemplar tenga un certificado específico que lo autoriza, el que todo el mundo llama «el CITES amarillo». Ese certificado va ligado al animal concreto, identificado por su anilla cerrada o su microchip.
Y el dato concreto que más gente desconoce: el gris de Gabón pasó al máximo nivel de protección de CITES en 2017, tras la conferencia de las partes de 2016, por el desplome de sus poblaciones silvestres. Desde entonces un gris no se puede vender legalmente en la Unión Europea sin ese certificado. Si alguien te ofrece uno «sin papeles pero muy barato», lo que te está ofreciendo es un problema: el animal puede ser decomisado y quien lo compra no queda al margen.
Las tres cosas que hay que pedir, siempre, y llevárselas en papel: el certificado CITES si la especie lo requiere, la factura a nombre del vendedor y el número de anilla o microchip apuntado y comprobado — comprobado quiere decir mirar la anilla del pájaro y ver que coincide, no fiarse del número escrito. Un criador serio te lo da sin que insistas y, de hecho, agradece que preguntes.
Por qué hablan (y qué significa exactamente)
Los loros pertenecen al grupo reducido de animales capaces de aprendizaje vocal: pueden oír un sonido nuevo y reproducirlo, algo que la inmensa mayoría de los animales no hace. Lo consiguen con la siringe, un órgano que no se parece a nuestras cuerdas vocales pero da un resultado asombrosamente parecido. En la naturaleza esa capacidad sirve para imitar a los miembros de la bandada; en un salón, la bandada somos nosotros.
De ahí lo que sí y lo que no. Sí: repiten, asocian, y muchos usan palabras en contextos coherentes —la palabra de la comida cuando aparece la comida—, porque han aprendido cuándo funciona. Lo que no se sostiene es la lectura mágica de que «entiende» frases como las entendemos nosotros.
El matiz importante lo puso el caso más famoso de todos: Alex, el gris con el que la investigadora Irene Pepperberg trabajó durante treinta años, llegó a manejar en torno a un centenar de etiquetas y a responder preguntas sobre color, forma o cantidad de objetos que no había visto antes. Es decir: la capacidad cognitiva es real y notable — y también fue el resultado de tres décadas de trabajo diario y estructurado, no de tener la jaula en el salón con la tele puesta.
Dos consecuencias prácticas para quien compra un loro por esto. La primera es que no todos hablan: depende de la especie, del individuo y de la relación, y hay grises que no dicen una palabra en toda su vida. La segunda es que enseñar a hablar no es un truco, es un rato al día durante años. Comprar un loro esperando una gracia y encontrarse con un animal que exige tiempo es el camino más corto a un loro infeliz.
El aburrimiento tiene consecuencias que se ven
Un loro silvestre pasa buena parte del día buscando comida, manipulando cosas con el pico y con las patas, y en contacto con su bandada. Un loro doméstico con un cuenco lleno resuelve la comida en cinco minutos y tiene por delante el resto del día.
Eso se compensa con lo que los criadores llaman forrajeo: hacer que la comida cueste. Esconderla, envolverla, meterla en un juguete que haya que desarmar. No es un capricho de bienestar animal: es la diferencia entre un animal ocupado y uno que se dedica a gritar o a arrancarse las plumas.
Sobre eso último, que es la señal que todo el mundo acaba buscando en internet: un loro que se arranca las plumas es un motivo de consulta veterinaria, no un problema de carácter. Detrás puede haber causas médicas —de piel, de dieta, de otra cosa— además de causas de comportamiento, y distinguirlas no se hace por foto ni por foro. Lo que sí se puede decir sin pisar la consulta es que un loro con horas de actividad y con comida que dé trabajo lo tiene todo más fácil.
Lo que se compra para eso —accesorios para pájaros, y perchas de distintos diámetros y materiales, que además de sitio para posarse son lo que le mantiene las patas en forma— se compara por precio entre tiendas como todo lo demás. La comida está en comida para pájaros, y ahí conviene una advertencia: la mixtura de semillas de un periquito no es la dieta de un loro grande, y una dieta sólo de pipas de girasol es un problema conocido. Qué come cada especie es de las primeras cosas que preguntarle al veterinario de exóticos.
La jaula es la base, no la casa
La medida de la jaula la resolvemos en la sección de productos para aves, donde está explicado por qué se elige más ancha que alta. Aquí interesa lo otro: un loro grande no vive en la jaula. La jaula es donde duerme y donde está seguro cuando no puedes vigilarlo; el resto del tiempo necesita estar fuera, con supervisión, varias horas al día.
Los peligros de una casa normal para un pájaro suelto —las sartenes antiadherentes sobrecalentadas, las ventanas, los ventiladores, ciertas plantas— son los mismos que ya están contados con detalle en vivir con un periquito, y valen igual para un loro con la diferencia de que este además abre pestillos. Las jaulas para pájaros de tamaño grande son, por cierto, de las compras donde más se nota la diferencia de precio entre tiendas.
Cuatro preguntas antes de comprar
- ¿Está criado a mano y desde cuándo está destetado? Un pollo aún sin destetar no debería salir del criador: alimentar a mano a un loro bebé no es algo que aprenda un particular en una tarde.
- ¿Me enseñas la anilla y el certificado? Si la especie es de anexo A y no hay certificado, no hay venta legal. Si es de anexo B, tiene que poder acreditar el origen.
- ¿Puedo ver dónde vive? Igual que con una residencia canina, el que no deja verlo se descarta solo.
- ¿Qué come ahora mismo? Para no cambiarle la dieta de golpe el primer día, que es cuando peor lo lleva.
Y una recomendación que no cuesta dinero: antes de comprar, pasa una tarde con un loro adulto de esa especie, no con un pollito. El pollito enamora a cualquiera; el adulto es el animal con el que vas a vivir treinta años.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos años vive un loro?
Depende de la especie, pero en los grandes se habla de décadas: un gris de Gabón bien cuidado vive del orden de cuarenta a sesenta años y un guacamayo grande puede pasar de los cincuenta. Es una convivencia comparable a la de una persona joven llegando a la jubilación, y por eso conviene pensar antes quién se quedaría con el animal.
¿Hace falta papeleo para tener un loro?
Para muchas especies sí. Los loros están regulados por CITES y por el reglamento europeo que lo aplica: los del anexo B se pueden vender acreditando su origen legal, y los del anexo A necesitan además un certificado específico ligado a ese ejemplar concreto, identificado por anilla cerrada o microchip. Pide siempre certificado, factura y número de anilla comprobado.
¿Se puede comprar un gris de Gabón?
Sí, pero sólo con el certificado correspondiente: la especie pasó al máximo nivel de protección de CITES en 2017 y desde entonces su venta en la Unión Europea exige ese documento. Un gris ofrecido «sin papeles» no es una ganga: el animal puede ser decomisado y el comprador no queda al margen del problema.
¿Todos los loros aprenden a hablar?
No. Los loros tienen capacidad de aprendizaje vocal, que es rara entre los animales, pero que un ejemplar concreto hable depende de la especie, del individuo y del tiempo que se le dedique. Hay grises que no dicen una palabra en toda su vida. Comprar un loro esperando esa gracia concreta es la peor razón para comprarlo.
¿Un loro entiende lo que dice?
Repiten, asocian y muchos usan palabras en el contexto correcto porque han aprendido cuándo funcionan. El caso de Alex, el gris estudiado durante treinta años por Irene Pepperberg, mostró que la capacidad cognitiva es real y notable: manejaba alrededor de un centenar de etiquetas y respondía sobre color, forma o cantidad. Pero fue el resultado de tres décadas de trabajo diario, no de tener la jaula puesta delante de la tele.
¿Por qué grita tanto mi loro?
Parte del grito es normal e inevitable: las llamadas de contacto del amanecer y el atardecer forman parte de la especie y no se quitan. Lo que sí se puede reducir mucho son los gritos por aburrimiento o por haber aprendido que gritando aparece alguien. Ahí funcionan las horas fuera de la jaula, el forrajeo y no acudir corriendo cada vez que chilla.
¿Es normal que se arranque las plumas?
No, y no es un problema de carácter. Detrás puede haber causas médicas de piel o de dieta además de causas de comportamiento, y distinguirlas requiere un veterinario con experiencia en aves. Lo que sí ayuda en cualquier caso es que el animal tenga horas de actividad y comida que le dé trabajo conseguir.