Qué te está diciendo tu gato: cola, orejas, ojos y maullidos

Qué te está diciendo tu gato: cola, orejas, ojos y maullidos

El maullido es un idioma que el gato inventó para hablar con nosotros, el parpadeo lento es una conversación que se puede contestar y la barriga al aire casi nunca es una invitación. Lo que se sabe, lo que se ha medido y lo que conviene mirar.

El gato tiene fama de indescifrable y no lo es: pasa que casi todo lo dice con el cuerpo y nosotros escuchamos con los oídos. Cuando se aprende dónde mirar —la cola primero, las orejas y los ojos después— resulta que lleva años avisando de cosas con bastante claridad. Y hay una parte, la de los maullidos, que tiene una explicación que sorprende a casi todo el mundo.

La cola es el titular

Si sólo vas a mirar una cosa, mira la cola. Es la parte del gato que más información da desde lejos y la que primero cambia.

  • Cola en alto, vertical, a veces con la punta doblada. Es el saludo. No es un gesto cualquiera: en los estudios sobre comunicación entre gatos, la cola levantada aparece como una señal amistosa de acercamiento, la que un gato usa antes de aproximarse a otro sin conflicto. Si tu gato viene hacia ti con la cola así, te está saludando en su idioma.
  • Cola baja o metida entre las patas. Inseguridad o miedo. En un gato que normalmente la lleva alta, es un cambio que merece la pena notar.
  • Cola hinchada como un cepillo, con el lomo arqueado. El gato está intentando parecer más grande. Es defensa, no ataque, y lo que necesita es espacio y que nadie insista.
  • Golpes secos contra el suelo o latigazos amplios. Esta es la que peor se lee, porque en un perro un rabo en movimiento es buena señal y en un gato es lo contrario: irritación creciente. Cuando la cola empieza a golpear mientras lo acaricias, va a haber zarpazo en tres, dos, uno.
  • Punta que vibra ligeramente cuando te ve llegar: excitación buena, la que le da al verte a ti o a la lata.

Las orejas y los ojos

Las orejas funcionan como un indicador de nivel. Hacia delante, atento y tranquilo. Giradas hacia los lados o hacia atrás, aplanadas contra la cabeza en lo que se llama «orejas de avión», el gato está asustado o a punto de defenderse: es de las señales más fiables que hay y de las que más ignoramos porque estamos mirándole la boca.

Los ojos cuentan dos cosas distintas. La pupila responde a la luz, pero también al estado: muy dilatada en penumbra es normal, muy dilatada con luz de sobra suele ser miedo o excitación intensa. Y luego está la mirada: fijar los ojos en un gato es una amenaza en su código, no un gesto cariñoso. Por eso los gatos de una casa suelen ir a sentarse encima justo de la persona que no les hace ni caso.

Lo bonito viene aquí. El parpadeo lento —entornar los ojos despacio, casi cerrarlos y volver a abrirlos— es una de las poquísimas señales de gato que se ha probado en condiciones controladas: un trabajo publicado en 2020 en Scientific Reports encontró que los gatos responden con más parpadeos lentos a las personas que se los hacen a ellos, y que además se acercan más a la mano de un desconocido que ha parpadeado así que a la de uno que no. Es, literalmente, una conversación que se puede contestar: entorna los ojos despacio y espera.

El maullido te lo inventó a ti

Este es el dato que suele dejar a la gente en silencio. Los gatos adultos apenas maúllan entre ellos. Entre gatos se comunican con olores, posturas, cola y, en los conflictos, con bufidos y gruñidos; el maullido es cosa de gatitos que llaman a su madre. Lo que ocurre es que, conviviendo con nosotros, el gato doméstico conservó y desarrolló ese canal para dirigirse a las personas, porque con las personas funciona.

De ahí dos consecuencias prácticas. La primera es que el repertorio es particular de cada gato: no existe un diccionario universal de maullidos, existe el de tu gato contigo, y por eso reconoces de qué va antes de verlo. La segunda es que si un gato maúlla mucho es porque le ha funcionado — normalmente porque en algún momento conseguimos que dejara de hacerlo dándole lo que pedía.

Y ya puestos con lo que oye: sí, distingue su nombre. Un estudio japonés publicado en 2019 mostró que los gatos reaccionan de forma distinta a su nombre frente a otras palabras de longitud y entonación parecidas. Otra cosa es que quiera venir.

El ronroneo no significa siempre lo que crees

Un gato que ronronea en tu regazo está a gusto, eso es cierto. Lo que casi nadie cuenta es que también se ronronea en la mesa del veterinario, con dolor o en situaciones de estrés. El ronroneo parece funcionar más como una señal de «no soy una amenaza, quédate» o como una forma de autoconsuelo que como un termómetro de felicidad.

Hay además un tipo especial descrito en la literatura, el ronroneo de petición: un ronroneo normal con un componente agudo insertado dentro, en una frecuencia parecida a la del llanto de un bebé, que los humanos percibimos como más urgente y más difícil de ignorar. Es el que ponen a las siete de la mañana junto al plato. Si sientes que ese ronroneo concreto te levanta de la cama de una forma en que otros no lo hacen, no te lo estás imaginando.

La regla práctica: el ronroneo se interpreta junto con el resto del cuerpo, nunca solo. Ronroneo con cuerpo relajado y ojos entornados es una cosa; ronroneo con el cuerpo tenso, encogido y las orejas hacia atrás es otra muy distinta, y esa segunda merece atención.

Restregarse, amasar y arañar: los tres son marcas

Tres comportamientos que parecen no tener nada que ver y comparten propósito. El gato tiene glándulas de olor en la cara, en las almohadillas y en la base de la cola, así que cuando te da cabezazos en la espinilla no está sólo saludando: te está dejando su olor encima, que es su manera de decir que formas parte del sitio. Amasar con las patas delanteras es un gesto que arrastra desde la lactancia y que reaparece cuando está profundamente cómodo, con un pequeño extra de olor por las almohadillas.

Y arañar, que es el que nos importa porque tiene consecuencias en el sofá, hace tres cosas a la vez: mantiene las uñas, estira toda la cadena muscular de la espalda, y deja una marca visible y olorosa a la vez. Esa última parte es la que explica el comportamiento que vuelve loco a todo el mundo: el gato no araña el sofá porque sea el mueble más rasposo de la casa, lo araña porque está en un sitio central y de paso. Es un cartel, y los carteles no se ponen en el trastero.

La consecuencia práctica es que el sitio importa tanto como el rascador. Un poste estupendo escondido en el pasillo pierde contra el brazo del sofá; el mismo poste pegado justo a ese brazo, alto para que pueda estirarse entero y firme para que no se tambalee, gana casi siempre. Y hay gatos que no rascan en vertical sino en horizontal, y para esos existen las alfombras rascadoras, que resuelven el problema a otro precio. Los postes rascadores se comparan por precio entre tiendas como todo lo demás. Lo que no es una opción es quitarle las uñas: la extirpación de uñas es una amputación y está prohibida en España salvo por motivo médico.

La barriga no es una invitación

Un gato que se tumba panza arriba delante de ti está diciendo que se siente seguro, porque expone la parte más vulnerable que tiene. Lo que no está diciendo, salvo en unos pocos gatos muy concretos, es «acaríciame aquí». De ahí la escena clásica: la mano baja, el gato la envuelve con las cuatro patas y muerde. No te ha traicionado: has confundido un halago con un permiso.

El mismo malentendido explica la mayoría de los zarpazos de sofá. Casi todos los gatos toleran bien las caricias en la cabeza, los carrillos y la base de las orejas —donde están las glándulas— y bastante peor en la barriga, la base de la cola y las patas. Y casi todos avisan antes: cola que empieza a golpear, piel del lomo que se estremece, orejas que giran. El zarpazo «sin avisar» casi siempre venía avisado.

Cuando el mensaje es que algo va mal

El gato es un animal que disimula, así que los cambios importantes suelen ser sutiles y consisten casi siempre en dejar de hacer algo que hacía: esconderse más de lo normal, dejar de subirse a donde se subía, acicalarse hasta hacerse calvas o dejar de acicalarse del todo, comer distinto, o cambiar el uso del arenero. Ese último es de los más elocuentes y de los peor interpretados, porque «me lo hace por rabia» es la explicación que primero se nos ocurre y casi nunca es la buena — puede ser dolor, puede ser un problema urinario, y puede ser algo del propio arenero. Qué influye ahí, incluido el olor, está en por qué huele la arena del gato.

Cualquiera de esos cambios mantenido unos días es motivo de consulta veterinaria, no de interpretación. Y si lo que tienes en casa es un gato recién llegado y todavía no sabes qué es normal en él, las primeras semanas tienen sus propias reglas: están en las primeras semanas de un gato cachorro.

Para lo demás —el juego, que es donde se resuelven la mitad de las tensiones de un gato de piso— lo que más rinde por euro son las cañas: están en juguetes con plumas, y el resto de la sección, en productos para gatos.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa que mi gato mueva la cola?

Lo contrario que en un perro. Los golpes secos contra el suelo y los latigazos amplios indican irritación creciente, y suelen ser el aviso previo al zarpazo cuando lo estás acariciando. La cola en alto y vertical, en cambio, es un saludo amistoso, y la cola hinchada con el lomo arqueado es miedo.

¿Por qué mi gato me maúlla sólo a mí?

Porque el maullido es prácticamente un idioma que los gatos domésticos usan con las personas: entre ellos apenas maúllan de adultos, se comunican con olores, posturas y cola. Cada gato desarrolla además su repertorio particular con su familia, así que no hay un diccionario universal de maullidos: hay el de tu gato contigo.

¿Es verdad lo del parpadeo lento?

Es de las pocas señales felinas comprobadas en un experimento. Un estudio publicado en 2020 en Scientific Reports encontró que los gatos devuelven más parpadeos lentos a las personas que se los hacen, y que se acercan más a la mano de un desconocido que ha parpadeado despacio. Entornar los ojos y esperar funciona; mirar fijamente, al contrario, se lee como amenaza.

¿Ronronear siempre significa que está contento?

No. Los gatos también ronronean con dolor, en el veterinario o en situaciones de estrés, y existe un ronroneo de petición con un componente agudo insertado que nos resulta difícil de ignorar. El ronroneo hay que leerlo con el resto del cuerpo: relajado y con ojos entornados es una cosa, encogido y con las orejas atrás es otra.

¿Por qué araña el sofá y no el rascador que le he comprado?

Porque arañar deja una marca visual y olorosa, y una marca se pone en un sitio de paso, no en el pasillo donde has colocado el poste. Si el rascador se pone justo al lado de donde araña, es alto para que se estire entero y no se tambalea, gana casi siempre. Hay además gatos que prefieren rascar en horizontal y necesitan una alfombra rascadora en vez de un poste.

¿Por qué me muerde cuando le acaricio la barriga?

Porque enseñar la barriga es una señal de confianza, no una petición de caricias. Al bajar la mano se activa una respuesta defensiva y te envuelve con las patas. La mayoría de los gatos tolera bien las caricias en cabeza, carrillos y base de las orejas, y mucho peor en barriga, base de la cola y patas.

¿Los gatos reconocen su nombre?

Sí. Un estudio japonés de 2019 mostró que los gatos responden de manera distinta a su propio nombre que a otras palabras parecidas en longitud y entonación. Distinguirlo y acudir son cosas diferentes, eso sí.