Las primeras semanas de un gato cachorro en casa
Cuando un gatito llega legalmente a tu casa, con ocho semanas, la ventana en la que se decide su carácter ya se está cerrando. Eso cambia las prioridades: importa muchísimo de dónde viene, y luego importa cómo juegas con él, qué plantas tienes y dónde pones el agua.
Hay un dato que reordena todo lo que se suele contar sobre gatitos: el periodo en el que un gato aprende que las personas son buena compañía se cierra muy pronto. Las guías veterinarias manejan rangos algo distintos —MSD lo sitúa entre las dos y las siete semanas, otras lo estiran hasta la novena o la décima—, pero todas coinciden en dos cosas: se cierra antes que la del perro y, cuando el gatito llega legalmente a tu casa, ya está terminando. La consecuencia práctica es incómoda y conviene decirla: buena parte del carácter de tu gato adulto se decidió antes de que lo conocieras. Lo que sí está en tu mano empieza aquí.
De dónde viene importa más que lo que compres
Como la ventana se cierra tan pronto, el factor con más peso no es el rascador que elijas: es si ese gatito, en su primer mes y medio, vivió con su madre y sus hermanos y tuvo contacto agradable con personas. Un gatito criado en una casa, acostumbrado al ruido de la lavadora y a que lo cojan, llega con medio camino hecho. Uno criado en un trastero sin ver gente casi nunca recupera del todo esa distancia.
La ley española pone un suelo a esto: la norma estatal de bienestar animal prohíbe la cesión de perros, gatos y hurones de menos de ocho semanas, y regula aparte los plazos de venta desde un núcleo zoológico. Quien te ofrezca un gatito de mes y medio «porque ya come solo» está incumpliendo y, sobre todo, te está entregando un animal que se ha perdido justo la parte del aprendizaje que no se repite: con sus hermanos es con quien aprende a medir el mordisco.
Y si tu gatito viene de la calle, de una protectora o de una camada tardía y es más asustadizo, no todo está perdido: se puede trabajar mucho después, sólo que con más paciencia y sin forzar. Lo que no funciona es insistir.
La comida: por qué no vale cualquier cosa
Un gatito necesita comida de crecimiento, y no es marketing. Las referencias nutricionales piden para crecimiento un mínimo de proteína claramente superior al de un gato adulto, y un gatito sano necesita en torno al doble de energía por kilo que un adulto esterilizado. Con comida de adulto no llega.
Más importante todavía: el gato es un carnívoro estricto de verdad, con carencias metabólicas que lo separan del perro. No sintetiza suficiente taurina —cuya falta produce problemas cardíacos y de retina—, no puede transformar el betacaroteno en vitamina A, y a diferencia del perro no convierte bien el ácido linoleico en araquidónico. Por eso la comida de perro no sirve para un gato: no es que sea peor, es que le faltan cosas que el gato no puede fabricar.
El número de tomas, según las guías felinas: al menos cuatro al día entre las ocho y las doce semanas, al menos tres de los tres a los seis meses, y dos a partir de ahí. El paso a comida de adulto cae en una horquilla amplia —entre los seis y los doce meses según la fuente y el gato—, y eso lo ajusta el veterinario.
Un clásico que conviene desmontar: el platito de leche. La capacidad de digerir lactosa cae después del destete, y los manuales veterinarios desaconsejan directamente la leche de vaca como premio porque suele sentar mal. Si el gatito aún no está destetado, lo que necesita es leche maternizada específica, no la de la nevera.
El agua, y una cosa que no te vamos a vender
El gato doméstico desciende de un gato montés de zonas áridas y arrastra un impulso de sed bajo. De ahí dos recomendaciones de las guías de necesidades ambientales: separar el agua de la comida —los cuencos dobles son justo lo que no hay que usar— y repartir varios puntos de agua por la casa.
Y aquí toca ser honestos con algo que vendemos. Se repite mucho que una fuente de agua hace que el gato beba más; el único estudio doméstico publicado que lo midió, con gatos en sus propias casas, no encontró diferencia significativa en la concentración de la orina entre cuenco y fuente, y uno de los gatos incluso la rechazó. Hay gatos a los que el agua en movimiento les encanta y para ellos es una buena compra; lo que no se puede afirmar es que beban más por tener una.
Lo que sí está medido es otra cosa: con comida húmeda el gato bebe menos del cuenco pero ingiere más agua en total, y su orina sale menos concentrada. Es la vía más eficaz de hidratarlo, y no cuesta un aparato.
Arena: lo específico de un gatito
Dos detalles que sólo aplican a esta edad. El primero, que la bandeja tenga los bordes bajos, porque un gatito de dos meses no salta lo que salta un adulto; y que se cambie por una más grande cuando crezca. El segundo es menos conocido y muy útil: las guías felinas recomiendan ofrecerle distintos tipos de arena mientras es pequeño, porque las preferencias de sustrato se fijan pronto y un gato que sólo ha conocido una arena puede rechazar cualquier otra de adulto — lo que se convierte en un problema el día que esa marca desaparezca del mercado o tengas que cambiarla por prescripción.
Sobre qué arena comprar y cuántas bandejas poner, lo tienes resumido en productos para gatos; y sobre por qué acaba oliendo y cómo se corta el olor, en por qué huele la arena del gato.
Rascar no es portarse mal
Los gatitos empiezan a rascar a las cinco semanas, antes de llegar a tu casa, y no lo hacen por vicio: al arrastrar las uñas retiran la capa vieja de queratina, estiran músculos de patas y espalda y, sobre todo, marcan. Tienen glándulas entre las almohadillas de los dedos que depositan un mensaje químico, así que el arañazo es a la vez una marca visible y un olor. Pedirle a un gato que no rasque es pedirle que no hable.
Lo que sí puedes elegir es dónde. Hay una encuesta a más de cuatro mil propietarios de treinta y nueve países que midió qué rascadores funcionan, y el resultado es bastante concreto: los postes de más de noventa centímetros se asociaron a menos arañazos en sitios indebidos que los más bajos, y el material preferido por los gatos de hasta nueve años fue la cuerda de sisal. Da igual lo bonito que sea: si el gato no puede estirarse entero, no lo usa.
Con una salvedad que encaja justo aquí: a los gatitos —y a los gatos muy mayores— suelen gustarles también los rascadores horizontales o inclinados de cartón, porque ofrecen menos resistencia. Tener de los dos tipos mientras es pequeño es buena idea. Los verticales están en postes rascadores, comparados por precio.
Y la regla que más disgustos evita: colócalo donde ya rasca —delante de la esquina del sofá, junto a donde duerme— y no donde quede bien. Un rascador escondido en el pasillo no compite con el sofá.
Jugar: nunca con las manos
Esta es probablemente la costumbre que más problemas crea a largo plazo, y las guías felinas coinciden sin fisuras: jamás se juega con un gatito usando las manos o los pies. Es adorable con doscientos gramos de gato y es un problema serio con cuatro kilos, porque el animal ha aprendido que las manos son presa. Un gatito aprende a medir el mordisco jugando con su madre y sus hermanos; si le falta eso, se lo tienes que enseñar tú, y no se enseña ofreciéndole el dedo.
La otra mitad es entender la secuencia de caza: buscar, acechar, perseguir, saltar, capturar y manipular. Un juego que no deja capturar nada frustra, y por eso el puntero láser es problemático —el gato persigue algo que nunca atrapa—: si lo usas, termina siempre cambiando a una caña con plumas y déjale cazar la presa de verdad. Un par de minutos de actividad frenética es un resultado excelente; el gato es velocista, no maratoniano.
Ojo con lo que dejas a su alcance como juguete: lanas, cintas, cordones e hilos no son juguetes. Y esto enlaza con el peligro doméstico más grave de todos.
Tres peligros que hay en casi todas las casas
- Los lirios. Es el más grave y el menos conocido. Las azucenas del género Lilium y Hemerocallis son mortales para los gatos y no hace falta que se coman la planta: la agencia estadounidense del medicamento lo describe sin rodeos — toda la planta es tóxica, incluidos el polen y el agua del jarrón, y basta con que el gato se lama unos granos de polen del pelo para desarrollar un fallo renal mortal. Curiosamente el tóxico sólo afecta a los gatos; los perros que las comen sufren, como mucho, una molestia digestiva. Si vive un gato en casa, esas flores no entran. Y si sospechas que ha tocado una, no es cosa de mañana: pasadas unas horas el daño renal ya es irreversible.
- Los hilos y las cuerdas. Cuando un gato traga un hilo largo, un extremo suele quedar anclado —muchas veces en la base de la lengua— mientras el resto avanza, y el intestino se pliega sobre sí mismo como una cortina. Es una urgencia quirúrgica. Y con esto va la advertencia más importante del artículo: si ves un hilo saliendo de la boca o del ano, NO tires de él. Si está anclado, tirar puede perforar el intestino. Al veterinario tal cual está.
- Las ventanas y los balcones. El llamado síndrome del gato paracaidista es sobre todo cosa de gatos jóvenes: en una serie de más de cien casos, casi seis de cada diez gatos que cayeron tenían menos de un año. Y conviene tirar el mito de que caen mejor desde más alto: el mismo trabajo concluye que las caídas desde un séptimo piso o más alto se asocian a lesiones más graves. Redes o mosquiteras fijas en ventanas y balcones, y punto.
Añade lo previsible: cables mordibles, cordones de persiana, productos de limpieza —el gato se acicala y se traga lo que se le queda en las patas—, la lavadora antes de ponerla y el hueco detrás del sofá.
El veterinario y dos obligaciones legales
El calendario concreto lo pone la clínica, no un blog, y depende de dónde vivas: las vacunas esenciales del gato —panleucopenia, herpesvirus y calicivirus— van en serie, con revacunaciones cada pocas semanas hasta pasadas las dieciséis, precisamente porque los anticuerpos que le pasó la madre interfieren y no se sabe cuándo dejan de hacerlo. La de leucemia felina se considera esencial en gatos menores de un año en zonas donde la enfermedad circula, y antes de ponerla hay que hacer el test. La de la rabia depende de tu comunidad autónoma, que es quien fija su estrategia de vacunación.
Y dos cosas que en España no son opcionales:
- El microchip. La normativa estatal obliga a identificar a perros, gatos y hurones y a inscribirlos en el registro de tu comunidad. Cómo funciona y por qué el dato que importa es tu teléfono, en el microchip de perros y gatos.
- La esterilización. La ley exige esterilizar quirúrgicamente a los gatos antes de los seis meses, salvo los inscritos como reproductores a nombre de un criador registrado. Encaja además con lo que recomiendan las guías felinas, que sitúan la edad óptima en torno a los cuatro meses, porque una gata puede quedarse preñada antes de lo que casi nadie espera.
La desparasitación interna también empieza antes de lo que la gente cree: las guías europeas la inician a las tres semanas y la repiten cada quince días hasta un par de semanas después del destete, porque los gatitos se infestan a través de la leche. No es un detalle menor: son parásitos con potencial zoonótico, o sea que también importan para las personas de la casa.
Preguntas frecuentes
¿A qué edad puedo llevarme un gatito a casa?
A las ocho semanas como mínimo: la normativa española prohíbe la cesión de gatos por debajo de esa edad, y las guías veterinarias recomiendan entre ocho y catorce semanas. Antes de las ocho semanas el gatito se pierde el aprendizaje con su madre y sus hermanos, que es donde aprende a medir el mordisco y a comportarse con otros gatos.
¿Puedo darle leche?
Leche de vaca no. La capacidad de digerir la lactosa cae tras el destete y los manuales veterinarios la desaconsejan como premio porque suele sentar mal. Si el gatito todavía no está destetado, lo que necesita es leche maternizada específica para gatos, no la de la nevera.
¿Sirve la comida de perro para un gato?
No. El gato es carnívoro estricto y tiene carencias que el perro no tiene: no sintetiza suficiente taurina, no aprovecha el betacaroteno como fuente de vitamina A y no convierte bien el ácido linoleico en araquidónico. Una comida formulada para perros no cubre eso, y la falta de taurina llega a producir problemas cardíacos y de visión.
¿Merece la pena comprar una fuente de agua?
Sólo si a tu gato le gusta el agua en movimiento, y eso se ve probando. El único estudio hecho con gatos en sus propias casas no encontró que la fuente aumentara de forma significativa la hidratación medida en la orina. Lo que sí está medido es que la comida húmeda aumenta la ingesta total de agua, aunque el gato beba menos del cuenco.
¿Cómo evito que mi gatito me muerda las manos?
No jugando nunca con las manos ni con los pies, desde el primer día. Todas las guías felinas coinciden en esto: el gatito aprende que la mano es presa y de adulto la caza en serio. Se juega siempre con un juguete de por medio, mejor de caña, y se termina la sesión dejándole capturar algo para que el juego no acabe en frustración.
¿Es obligatorio esterilizar a mi gato en España?
Sí. La normativa estatal de bienestar animal exige esterilizar quirúrgicamente a los gatos antes de los seis meses de edad, salvo que estén inscritos como reproductores a nombre de un criador registrado. Coincide además con la recomendación veterinaria, que sitúa el momento óptimo en torno a los cuatro meses.