Dejar al perro o al gato solo en casa: el mes en que todo cambia

Dejar al perro o al gato solo en casa: el mes en que todo cambia

En julio la casa estaba llena a todas horas y en septiembre se vacía a las ocho de la mañana. La mayoría de los animales se readapta en unos días; lo que conviene es saber distinguir al que no lo está haciendo, porque sus señales se confunden con «se ha vuelto travieso».

Hay un día concreto, a principios de septiembre, en el que la casa pasa de estar llena a todas horas a vaciarse a las ocho de la mañana. Para nosotros es volver a la normalidad. Para un animal que lleva dos meses con compañía constante es un cambio brusco, repentino y sin ninguna explicación posible, porque nadie le ha contado que las vacaciones se acaban.

La mayoría se readapta en unos días y no pasa nada más. Pero a algunos les cuesta de verdad, y el problema es que sus señales se parecen mucho a «se ha vuelto travieso» — que es justo la lectura que hace que se tarde meses en pedir ayuda.

Lo que cambia no es la casa, es el reloj

Conviene tenerlo claro porque cambia lo que hay que hacer: al animal no le ha pasado nada en el salón. Lo que ha cambiado es cuántas horas seguidas está solo y con cuánta brusquedad ha ocurrido. Un perro que en junio no pasaba solo más de dos horas puede encontrarse de golpe con ocho, y ese salto —no las ocho horas en sí— es lo que suele costar.

De ahí la única medida preventiva que funciona de verdad y que casi nadie aplica, porque exige acordarse en agosto: volver a las ausencias antes de que sean obligatorias. Salir sin él a hacer recados la última semana de vacaciones, primero un rato corto y luego más largo, convierte el 1 de septiembre en un día parecido a los anteriores en vez de en un acantilado.

El perro: no es aburrimiento, es que no entiende el horario

Un perro adulto duerme muchísimo, así que estar solo no es en sí un drama. Lo que se le da mal es la incertidumbre: no sabe si te has ido diez minutos o para siempre, y las primeras señales aparecen casi siempre en los primeros veinte o treinta minutos tras cerrar la puerta.

Lo que merece atención, y no porque sea un capricho de dueño:

  • Destrozos concentrados en las salidas. Ojo al «concentrados»: el marco de la puerta, la persiana, la alfombra de la entrada. Un perro que muerde un cojín cualquiera del salón está aburrido; uno que se ceba con la vía de escape está diciendo otra cosa.
  • Ladridos o aullidos que empiezan nada más irte y no cuando pasa alguien por el rellano. Esta es la que suele descubrir un vecino antes que tú.
  • Orinar o defecar dentro estando perfectamente enseñado, y sólo cuando está solo.
  • Babeo, jadeo o intentos de escarbar en puertas y ventanas.
  • Que deje de comer lo que le has dejado y se lo coma entero en cuanto entras por la puerta.

Un par de esas cosas juntas, repetidas, ya no es una fase: es un motivo para hablarlo con el veterinario, que es quien descarta lo médico y quien deriva a un profesional del comportamiento si hace falta. No es un problema que se arregle con más paseo ni regañando, y cuanto antes se coja, menos cuesta.

El gato: la leyenda de que le da igual

El gato arrastra la fama de animal independiente al que la ausencia le trae sin cuidado, y es una media verdad que hace mucho daño. Es cierto que su vínculo con el territorio pesa más que el de un perro, y por eso lleva bastante mejor quedarse en su casa. Pero que no lo diga a gritos no significa que no lo note: un gato que lo pasa mal no aúlla junto a la puerta, se esconde.

Lo que hay que mirar en un gato es más sutil y casi siempre son cambios respecto a lo que hacía antes, no comportamientos raros en abstracto: pasa el día metido debajo de la cama, se acicala hasta dejarse calvas, deja de usar el arenero o lo usa justo al lado, come menos o come compulsivamente, o de repente te sigue por toda la casa cuando nunca lo hacía. Cualquiera de esas cosas, mantenida en el tiempo, se consulta — y varias de ellas pueden tener una causa física que no tiene nada que ver con la soledad, razón de más para no quedarse con la interpretación bonita.

Lo que ayuda de verdad, y cuesta poco

Ordenado por lo que más rinde:

Que la comida dé trabajo. Es la palanca más barata que existe. Un animal que resuelve el desayuno en noventa segundos tiene por delante ocho horas de nada; uno que tiene que trabajárselo se lleva un buen rato entretenido y encima empieza el día asociando tu salida con algo bueno. Los dispensadores, las alfombras olfativas y los juguetes rellenables están todos juntos en juguetes interactivos, con el precio de cada tienda al lado.

Repartir la comida en el tiempo, no en el cuenco. Dejar la ración entera de golpe es cómodo y produce el efecto contrario: se la come en cinco minutos. Un comedero automático que suelte una parte a media mañana parte el día en dos, y en gatos con tendencia a engullir es además la forma habitual de repartir varias tomas pequeñas.

Salir sin ceremonia. Las despedidas largas y los recibimientos eufóricos suben la diferencia entre «estás» y «no estás», que es exactamente lo que queremos bajar. Irse en silencio y saludar cuando ya se ha calmado suena frío y funciona.

Para el gato, altura y ventana. Un gato solo en un piso vacío no necesita metros cuadrados: necesita niveles y un sitio alto desde donde ver la calle. Ahí es donde rinden los árboles para gatos y las repisas. Y la hierba gatera tiene un uso muy concreto que no es el que parece: no sirve para tenerlo entretenido ocho horas, sirve para hacer interesante un juguete que ya tenía olvidado.

Y si quieres saber qué pasa de verdad, míralo. Es sorprendente la de veces que la respuesta a «¿lo estará pasando mal?» es «no, duerme ocho horas seguidas» — y la de veces que es lo contrario. Media hora de grabación con una cámara cualquiera responde a la pregunta mejor que un mes de suposiciones, y es lo primero que te va a pedir cualquier profesional al que consultes.

Lo que no ayuda, aunque lo parezca

  • Regañar al llegar. El animal no relaciona tu enfado con lo que hizo hace seis horas; relaciona tu llegada con el enfado. Se empeora justo lo que se quería arreglar.
  • Traer otro animal para que se acompañen. A veces sale bien y a veces acabas con dos animales que lo pasan mal, además del coste y del trabajo de una convivencia que hay que construir. No es una solución a un problema de vínculo con las personas.
  • Dejar la tele o la radio y darlo por hecho. Como ruido de fondo puede tapar los portazos del rellano, y ya está. No sustituye a nada.
  • Cansarlo a lo bestia por la mañana. Un paseo largo antes de irte está muy bien; una hora de pelota a máxima intensidad deja a un perro excitado, no relajado.

Y la parte que ya está contada

Cuánto tiempo se puede dejar solo a un animal no es sólo una cuestión de criterio: la ley pone un límite y para los perros es más corto de lo que casi todo el mundo cree. Está explicado con el matiz del propio Ministerio en el artículo de qué hacer con el perro o el gato en vacaciones, junto a las preguntas que conviene hacer antes de dejarlo con nadie. Y lo que se compra para todo esto se compara por precio en productos para perros y en productos para gatos, con el envío ya sumado.

Preguntas frecuentes

¿Cuántas horas puede estar solo un perro?

Depende del perro, de su edad y de si tiene dónde hacer sus necesidades, pero por encima de eso hay un límite legal: la ley de bienestar animal fija veinticuatro horas como máximo sin supervisión para los perros, y tres días para el resto de animales de compañía. En la práctica, una jornada laboral con una salida a mediodía es lo normal, y un cachorro necesita mucho más que eso.

¿Cómo sé si mi perro lo está pasando mal cuando me voy?

Las señales aparecen en la primera media hora y son bastante concretas: destrozos justo en la puerta o la ventana, ladridos o aullidos que empiezan al irte, hacerse pis dentro estando enseñado, babeo, o no tocar la comida hasta que vuelves. Grabarlo media hora responde la pregunta mejor que cualquier suposición. Si se repite, se consulta con el veterinario.

¿A los gatos les afecta quedarse solos?

Menos que a los perros de media, porque su vínculo con el territorio pesa mucho, pero no son indiferentes. Un gato que lo lleva mal no protesta: se esconde, se acicala de más, cambia el uso del arenero o come distinto. Como esas mismas señales pueden tener causas físicas, un cambio que se mantiene es motivo de consulta.

¿Es mejor tener dos animales para que se hagan compañía?

Puede funcionar como enriquecimiento, pero no arregla un problema de vínculo con las personas: hay perros que lo pasan igual de mal acompañados de otro perro. Y la convivencia hay que construirla, no aparece sola por meterlos en la misma casa. Es una decisión que se toma por querer dos animales, no como tratamiento.

¿Le dejo la comida del día entera en el cuenco?

Es cómodo y suele salir mal: se la come de golpe y el resto del día no tiene nada. Rinde mucho más repartirla —a mano, con un comedero programable o dentro de un juguete dispensador— porque lo que entretiene no es la comida, es tener que buscarla.

¿Dejarle la tele o la radio puesta sirve de algo?

Como mucho para tapar los ruidos del portal, que en algunos perros ya es algo. No es compañía ni sustituye a la rutina, al ejercicio ni a tener algo que hacer. Si lo único que has cambiado es encender la radio, no esperes cambios.